24 de febrero de 2018

El suicida de la playa


 “Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí sólo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” Albert Camus



Pelos míos por toda la casa. Decías que los juntabas en un sobre. Cómo no me di cuenta, quién pudiera hacer algo así. La última vez que dejé pelos míos en tu casa fue la última y redundante vez que rompiste mi corazón.

¿Te acordás cuándo vimos un hombre muerto en la playa? Nunca escribí sobre eso. Lo guardé como el presagio de aquella otra vez que rompiste mi corazón. ¿Cuál había sido? ¿La segunda? ¿La primera?

Volvimos de la playa y terminaste. Qué importa en qué orden ni porqué. Ya no me importa. Ese hombre que creíamos borracho, se había metido un tiro. Y no con un 22, un 38. No. Una escopeta. Si va a ser el final, que sea grande, colosal. Él tenía más sentido común, tuvo un solo y gran final. Se quedó suspendido para siempre mirando el mar. Vos elegiste un final agónico. Uno, dos, tres finales. Y el escopetazo final, con esa bala capaz de ir y volver e impactar tantas veces.



¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? ¿Estaba quebrado? ¿Solo? ¿Qué pensó su familia? ¿Tenía familia? ¿Por qué se escapó? Porqué no dejó al Universo hacer… será qué hay corazones que no soportan esa bala ir y venir.  No supo manejar el absurdo de vivir, diría Camus. Andá a saber. En definitiva, ese día vimos el suicidio a un metro y medio.

Llegó temprano. Se sentó en la arena fría. Cerquita de esa casa que hicimos nuestra el invierno anterior. Miró el infinito del mar y lo volvió a pensar. Ya no había más destino para él que quedar suspendido en las olas. ¿Sabés? Esta vez si te voy a ganar. Y gatilló. No, no era vómito, era sangre. Qué bobos…jugábamos con la espuma del mar mientras la muerte daba vueltas por la playa, llevándoselo lejos. Y sí, de paso, nos llevó a nosotros. En cuotas y agónicamente. Nos subió a una ola fría y brusca; me sumergió y llenó de pelos marrones, rubios, naranjas, tan indefinidos siempre, las aguas del atlántico. Y nos soltamos la mano para siempre. Como un barco pesado que ya no emerge a la superficie.

Después volviste de mil formas. Pero ya estabas muerto. Y yo un poco también.
Porque nunca renazco si no muero antes, las veces que sean necesarias.  
En definitiva, estamos llenos de muertos tan vivos. El suicida merecía ser contado, porque ya sabemos, lo que no se nombra no existe.

Estoy frente a un teclado, otra vez, naciendo después de morir en tus ojos verdes. Pero hace rato vengo naciendo, nací en una copa de vino que llegó a mi vida después de los 30, y en el placer de un disco que Almodóvar pensó para mí, cuando escribía Hable con ella. Se llama “viva la tristeza”, y no sabés cuántas alegrías me da. Volver del reaggeaton de la mano de Amy Winehouse, y olvidar que era nuestra. Yo soy nuestra. Todas mis yo me recorren revolviendo cada rincón de mi cuerpo que ahora vuela con los pies.

Los sábados son domingos y los domingos serán viernes. My way, cantan desde abajo. Y el final sube solo, y la batería se agita, y es grandioso saber que el pino sigue aquí enfrente, y que la pantalla se sigue llenando de letritas negras que no llevan a nada.

Es que el suicida merecía ser contado. 

31 de diciembre de 2014

Bridget Jones LTA


Esta es mi revolución,
llenar de amor mi sangre.

Empecemos por una verdad irrefutable: Bridget Jones no existís. Tu vida amorosa tiene un final feliz. En el medio pasás algunas vergüenzas, te enamorás un poco del equivocado, evidenciás tu caudal de amor acumulado como agua de estanque, y pasado el tiempo suficiente de la dulce mentira, descubrís que te engaña, o que ya estaba con otra, o que, o que… pero, Bridget, llevás tu “sobrepeso” mejor que mi flácida delgadez, podés emborracharte y cantar desahogando los fracasos de tres décadas consecutivas porque tenés trabajo; cambiás de trabajo como de bombacha y tenés amigos rescatadores en momento, cuando menos, polémicos.
Bridget, no te dejaron plantada, él, el destino, la señal de celular. Y ahí, querida y reivindicada Bridget Jones,  me hermano con Male Pichot en Cualca y su consagrada frase “como le rallaría el auto”, limpiándose lágrimas negras de rímel al pedo. Pobrecita.

Bridget te podemos pasar el trapo una y mil veces, porque aparte no es lo mismo un fracaso amoroso en Londres, donde salís a caminar toda abrigadita de suaves gorros de lana y bufandas coloridas, por las calles nevadas, con un río de fondo, donde es obvio que en esa caminata te vas a chocar con él, el verdadero, a un fracaso amoroso en La Matanza, en el Conurbano, donde me levanto al otro día, tarde, y mientras preparo el mate se corta la luz, porque somos del Tercer Mundo, Bridget, tenemos problemas energéticos, problemas de laburo, problemas sociales, cosas que en Londres no-su-ce-den. Un linyera en Londres es pintón, con su botella envuelta en papel madera. Glamour. Los linyeras posta los tenemos nosotros, sabés.

No hay punto de comparación. Estás triste en Londres, no sabés que hacer, de repente se te ilumina la cabeza y decís en voz alta: “Me voy a París”. ¡Lo tenés ahí nomás, hija de puta! Te tomás el tren y te vas a hacer selfies tristes en el Sena, te hacés un paseíto bajón a la Torre Eiffel, te metés en el café más cálido del mundo… Disculpame, Bridget, pero un fracaso amoroso en Europa es moco de pavo -no desgranes esa frase, es un argentinismo que no comprendemos en su sentido literal, pero es como decir, es una pavada, es para cualquiera-. Yo no sé si irme a caminar por este romántico paisaje de gomerías y talleres mecánicos, si tomarme el 406 e ir a la romántica calle Arieta repleta de hermanos conurbanos haciendo las estresantes compras de fin de año, o si tomarme el tren –cuando digo “tren” imaginate algo muy muy distinto a sus trenes- a Parque Patricios a ver “que onda”.

Bridget estoy llegando a los 30 y jamás pensé que te iba a superar. Aparte, ¡tenés una segunda parte! Donde viajás por trabajo a un lugar paradisíaco y tu ex y tu actual se pelean por vos… o sea… creo que a lo largo de este fino relato voy pensando que ya no merecés el mote de Bridget Jones en su sentido vivencial. En esa segunda parte caés presa, pero salís… es hora que nos dejes a nosotras ese diario rojizo. Acumulamos en cuadernos viejos los desplantes, los abandonos, los “quiero que terminemos”, y somos testigos de sus vidas rehechas, porque encima tu posmodernidad y tu ser “progre” galopante te hacen conservarlos en las redes sociales y ves cuando nacen sus hijos, te emocionás con los comentarios, quizás en algún momento pensás que ese hijo debería ser tuyo, pero vos tenés el propio (ahh viste Bridget, estás totalmente fuera de juego), fruto de una relación que no funcionó, engordando los cuadernos de fracasos amorosos conurbanos…

Europa tiene muchas deudas históricas con América Latina. Tu diario, Bridget Jones, es una de ellas. Porque sabemos que los finales felices te los quedaste todos vos y tus colegas hoollywodenses; a nosotras nos dejaron resignaciones, “nos quedamos por los chicos”, “son muchos años y no puedo patear el tablero”, que la estabilidad mental, económica, la casa y el Puerto de Frutos. Y las que vivimos pateando el tablero, o nos patean el tablero… Sea como sea no tenemos finales felices.

Claro que hay excepciones. Son esos puntos blancos en cartulinas negras, esa gente estable, feliz, casada, que viaja, que va y viene, que encima lo publica en 200 fotos que por algún extraño motivo vos te quedás mirando... Esa gente debería vivir en Londres, o pasarnos la puta receta o el número del psicólogo o algo…

Mientras tanto, volcamos tres décadas de fracasos amorosos en mates lavados, sin luz y sin señal –la misma que te cagó la cita-; planificamos la reparación histórica del Diario de Bridget Jones, la redistribución de finales felices y ya no cometeremos los mismos errores, siempre tendremos nuevos. Somos Bridget’s evolucionadas buscando un poco de equidad en nuestros guiones. Porque sí, encima todavía tenemos esperanzas…


Bridget’s del mundo, UNÍOS!


27 de julio de 2012

El niño Salvatierra (Crónica Policial)


Carlos Salvatierra fue hallado sin cabeza y sin ventrículo derecho. Vivía al 4500 de Av. Cabildo. Una zona bacana, en extremo bacana. Parecía inglesa, según qué ojos te hayas puesto esa mañana. Esas casitas de película inglesa, donde una parejita se despide o rompe de pie a las escaleras cubiertas de nieve. Pero Carlos Salvatierra no se había despedido de nadie, lo asesinaron de sorpresa. Le sacaron los ojos, las manos, los pies y por último la cabeza. Y el corazón. El corazón. Ese es el quid de esta cuestión. El símbolo, muy fuerte, amor, pasión, alma, vivir, vida.
En la causa interviene el Juzgado de Menores número 46 –Carlos Salvatierra, olvidé mencionarlo, de 5 años de edad-. Ese jueves fue al colegio como todos los días -siendo la trampa a esta regla los sábados y domingos-, participó de las clases, era aplicado, inteligente y roñoso. Era dientudo –acota su madre- y morocho. Era chiquito, 5 años!!!!! Señora, 5 años!!!!!!, lee usted?? “Le sacaron los ojos, las manos, los pies y por último la cabeza. Y el corazón”. ¿¿Qué mundo hijo de puta permite una cosa así?.
Los vecinos del lugar comentan en las joyerías del barrio mientras esperan su ración diaria de oros y jamones del momento. O de moda en Europa. Comentan, decía, sobre la espantosa aparición de carácter: estonopasanunca. El niño Carlos decapitado, o pitado por un gigante fumador de tabaco y gente –niños-.  El niño Carlos ha muerto, lo han muerto. Lo han ido y recontra ido. ¿Dónde estará Carlitos? Se pregunta lagente, ¿dónde estará Carlitos?.
Dentro de los municipios reina el silencio. Ningún funcionario quiso hacer declaraciones a la prensa. Evidentemente, Carlos Salvatierra no era parte de eso que dice: el Estado somos todos. A Carlos Salvatierra se lo devoró el Estado. El Estado le sacó los ojos, las manos, dedo por dedo, con un broche de metal de colgar la ropa, le sacó los pies con una tenaza gigante, la cabeza, y el corazón, sí, oh, el corazón.
En las oficinas de policías se rascan la cabeza, mientras un enorme cuadro del glorioso General San Martín te mira desde la pared. Nunca viste uno tan grande. “Quiero declarar por el caso del pibe Salvatierra”, dice el vecino colaborador. No se preocupe, buen vecino, vuelva a su casa que hace frío, lo del pibito Salvatierra ya se aclaró, ya tenemos un preso.
No existía. Ese preso no existía. El preso seguían siendo las pupilas del chiquito con la imagen de su asesino grabada a fuego para siempre, desde donde esté. Lo de Salvatierra fue cualquier cosa. Los asesinos estaban en la cárcel, pero rejas afuera, trabajando por la inseguridad de los chicos. Ninguno estaba en un calabozo.
A Carlos Salvatierra lo velan esta tarde en Casa Au Revoir de Belgrano. (Foto: niños afuera jugando, adultos fumando, tomados del brazo tan liviano cuando adentro del lugar hay un niño de 5 años sin cabeza tendido en una caja de madera que irá de viaje al centro de la tierra, por toda la eternidad, en una honorable misión de amor a la humanidad.) Y mañana a las 10 de la mañana sus restos serán inhumados en Jardín de Belleza Espiritual del Dr. Chung. Su familia y sus amigos lo recuerdan con esta canción. “Salvatierra in the sky with diamons, Salvatierra in the sky with diamons, ohhhhh”.





Paula

21 de mayo de 2012

Mente Jaula


 
La literatura hace de la torpeza una poesía, una maravilla. Sin embargo, en el patio del poeta un monumento colosal a lo inefable.
   De manera que en su mente estaba la maravilla, como una obra de Mozart que nunca compuso.
   Y no era cuestión de lapicera y papel a mano. Era otra cosa, que también quedaba en su mente.
   "¿Es éste el principio de una novela?" - se preguntaba - "¿Podrá ser amor la última palabra? ¿Y podrá ser de amor mi último suspiro pre-espiro? ¿Podré elegir mi último pensamiento? ¿Con quién pasaré mi última noche?"
    Y se creía que un sahumerio a las tres menos cuarto de la madrugada traería la inspiración, el comienzo de algo, el comienzo a creer en la mentira. Como si la inspiración fuera una nena que a las rastras la llevan a bañar.
   Lo peor era la consciencia de saberse corto de lapiceras y palabras. L - E - T - R - A - S que formaban P - A - L - A - B - R - A - S. No más que unos pocos (tontos) anagramas. De letras salía telar, y si hacía doble uso de la R, salía Sartre. O sastre, con dos eses. Eses que lo llevaban a soles y de paso a lunas. Y si le sacaba la L (que obsesivo se le volvía) le quedaban unas. E inevitablemente pensaba en dunas y médanos. Y ahora se iba a los sinónimos. Y después a otro lado. Y terminaba en la Z y en la doble Z. Pero cuando creía terminar, por fin terminar el juego idiota, aparecía la fragilidad de la R francesa y el baile (mambo, rumba, ron) parlante de los cubanos. Y como se acordaba de los habanos, se prendía otro cigarrillo. Ya el tercero.
   Y justo eran las tres. Y ahora venían los números, que lo volvían a las palabras. A las L - E - T - R - A - S, a los anagramas, al insomnio y a las dudas de ortografía. Y recordaba la escuela y "todas las palabras terminadas en aba van con B larga", y pensaba en lava y le entraba la duda. Entonces las certezas y los bolsillos agujereados. Y de nuevo la duda con la H. Nunca una puta certeza de nada. Y se ponía un poco, solamente un poco filosófico. Y se quedaba en la ZS de Nietzsche. Qué rápido se olvidaba del súper hombre para volver a la Z y a la doble Z; y mutilaba un abecedario desde su génesis mutilado. Es que era uno más atrapado en el lenguaje, pero peor. Y otro anagrama.
   28 letras para combinar ad infinitum y no.
   Hambre. Heladera. Dos palabras,  L - E - T - R - A - S y un T - E - L - A - R que venía de Bolivia. Y cuando se daba cuenta que eran dos, volvía a la teoría de la dualidad. Nadie se la iba a refutar. No. No se detendría a reconfirmarla; ya estaba cocinada. Heladera.
   Esclavo feliz de su mente, cuando podría haber sido "feliz esclavo", según el poeta represivo (algún ello) que lo habitaba de la A a la Z, pero sobre todo en su habla monologal.
   Creyó detener la cadena de eslabones forzados, para escuchar los sonidos de la noche. Del afuera y del adentro. Los vecinos durmiendo y la bocina del tren.
   Y por tercera vez Heladera. Y eran tres cigarrillos. Pero como eran dos ideas, y muy inconexas, volvía aliviado a la teoría de la dualidad. Y encendía el cuarto, como ofendido y victorioso no más que consigo mismo. Ni siquiera con él se sumergiría en el debate de la teoría-certeza. Y en el fondo lo sabía, fueron segundos de una lucha terrible, realmente terrible. Y por primera vez un 'terrible' y un punto seguido. Porque lo horrorizaba la carencia de puntos suspensivos luego de decir, pensar, decir, escribir, pensar, escribir 'terrible'. Y su excesivo uso (abuso) de ese trío maravilloso, lo hacían pensar en un poeta con un monumento colosal a lo inefable. Realmente estúpido. A esta altura imposible.
   Pero seguía sin creer. 28 letras para combinar ad infinitum y nada.
   "Si mi mente fuera una imprenta..." O una impronta. Lo imprescindible abierto todo el día.
   Y en esa idea del menor esfuerzo era el mejor. En lo imposible era el mejor. Pero no tardaba mucho en saber que no era el único.
    "Claro. Si desde la teoría todo implica un mínimo de dos". Contento. O aliviado. Ya no lo distinguía.
   Un poeta en problemas. Como alguna vez lo habrán estado todos. Pero el no superaba el 'alguna vez'. Un eterno poeta en problemas atrapado en la mera esencia de sus pensamientos y sus versos abstractos.
   Pero cómo inundaba el éter de las palabras más bellas... Lo triste es que no lo sabía.
   Y se preguntará usted cómo alguien puede saberlo. No pregunte, así es la poesía.

texto incluído en Entrelunas, 2008

12 de mayo de 2012

Invitación




                     
Querida Familia y Amigos:
                                          Queremos compartir este gran momento junto a ustedes, los más cercanos, los que estuvieron acompañándonos en los buenos y malos tiempos a lo largo de estos veinte años. Como todos saben, nunca pudimos casarnos porque la plata, siempre la plata, no alcanzaba; y como era tan grande nuestro amor, queríamos festejarlo así, a lo grande. Siempre soñamos con una fiesta que recordemos para siempre, que ustedes, nuestros invitados, también la recuerden como unas horas en que se divirtieron, comieron para tres días, y tomaron para veinte.
Éramos tan jóvenes, puro sueños, todo el futuro para nosotros, enamorados, tan enamorados…  Muchos de ustedes son testigos de ese amor inmenso, que segundo a segundo se engrandecía. Disfrutábamos tanto compartirlo con ustedes, porque vivimos con la convicción de que el amor compartido es vital para esa retroalimentación que el mismo conlleva. De qué nos servía enredarnos eternamente en el nido; creemos que de esa manera el amor se pudre, tal como agua en un estanque. Claro que teníamos nuestros buenos ratos de intimidad, compartíamos mañanas, tardes y noches. Nos encantaba el cine, el teatro y los recitales. O un disco de John Coltrane en casa. Compartíamos mucho más que gustos, era una conexión única.

Cuando nació Magali, año 1980, no teníamos un peso. Amor, amor, amor. Contigo pan y cebolla. Pero a Magali no le faltó nada, porque desde entonces nosotros no dejamos de trabajar. El trabajo no fue el soñado, pero la paga era buena. Tanto que, dos años más tarde, encargamos – o se filtró – a Marianito. Y los años pasaron, el trabajo cada vez mejor, las vacaciones mutaron de Córdoba a Brasil, de Brasil a Santiago de Chile, y de ahí cada vez más al Norte. Se imaginan, pues, que nuestra situación financiera mejoró notablemente. Ambos fuimos ascendidos, gerente de gerente de gerente; nuestras empresas crecían al mismo ritmo que el riesgo país se iba al carajo, paradójico. Los chicos comenzaron a estudiar en universidades privadas, y la verdad es que cada vez nos veíamos menos. Eso sí, disfrutamos 4 años seguidos en Punta Cana, los cuatro.

Pero volviendo al motivo que nos convoca, queremos invitarlos a nuestro divorcio, que tendrá lugar el día 28 de Julio, en el Juzgado de Primera Instancia en lo Civil de Familia Nº 20, a las 8 de la mañana, Av. Nosecase al 2012, 1º A. Y el sábado 29 a las 20 horas, no se pierda el festejo en el Salón “Amor” del Sheraton Hotel.

¡Los esperamos!

Marcela y Antonio

11 de mayo de 2012

A tu revés



Decí que las yemas de mis dedos guardaron
el recuerdo del roce a tu espalda…
Decí  que te acariciaron, estas yemas memoriosas,
que a veces añoran tu piel.
Decí que el olvido no es físico y el tacto es eterno.

Entrelunas, 2008